sábado, 11 de junio de 2011

Nuestra fiesta privada Prólogo y Capítulo 1

Feliz día Niley!!<3 
Les dejo el prólogo & el primer capítulo de una nueva novela llamada "Nuestra fiesta privada". Les adelanto: Es una novela hot, así que están avisadas! 
Enjoy it!

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Prólogo

Encontrar al hombre con el que se acaba de casar in flagrante delicto con otra mujer no formaba parte de los planes que había hecho Miley Cyrus para su espléndida boda. Ahora es una novia sin novio, pero decidida a disfrutar de su noche de bodas, y para eso le sirve el guapísimo hermano del tramposo de su marido. Nick Jonas es todo aquello que no es su hermano y encima, su duro cuerpo es de los que convierten las fantasías sexuales más ardientes en realidad.
Nick no está por la labor de rechazar a la novia engañada. Después de soñar con ella cinco años enteros, la oportunidad de acariciar el delicioso e incitante cuerpo de su cuñada es demasiado tentadora como para resistirse. Cuando la joven lo sigue al complejo tropical que Nick ha construido desde cero, insiste en que lo único que quiere es el placer cálido húmedo de dos cuerpos uniéndose bajo el sol. Lo único que le queda por hacer al empresario es convencerla de que, en realidad, él quiere mucho más…

Capítulo 1
Miley Cyrus era, sin lugar a dudas, la novia más hermosa que Nick Jonas había visto jamás. El vestido de color marfil sin tirantes dejaba los brazos de la joven al aire y, si cerraba los ojos, Nick podía imaginarse lo sedosa que sería aquella piel bajo las yemas de sus dedos. Aunque el velo le ocultaba la cara, a Nick no le costaba ver en su mente aquellos ojos grandes y de largas pestañas, ojos del color del mar Caribe al amanecer, la nariz pequeña, un poco respingona y los labios rosados y carnosos. Los pechos de la joven henchían con elegancia el corpiño del vestido, aunque con solo verlo al joven ya se le secaba la boca y le sudaban las manos. La falda amplia y ahuecada de su vestido de novia cubría casi por completo el pasillo entero de la catedral Grace de San Francisco y a Nick le recordó a un delicioso merengue, un merengue tentador que lo desafiaba a llevárselo a la boca entero, de un solo y lujurioso lametón.

Nick sintió un nudo en el pecho cuando vio acercarse a la novia y el estómago se le fue encogiendo cada vez más con cada paso que acercaba a Miley al altar. Aquella mujer iba a llegar hasta el final. Nick había tenido dieciocho meses para prepararse mentalmente para aquel momento y, con todo, la realidad lo golpeó como un puñetazo en las tripas. Apretó los puños, respiró hondo para tranquilizarse y se obligó a no dar la vuelta y salir corriendo de la iglesia tan deprisa como podía. Había hecho una promesa y, al contrario que algunos hombres de su familia, cuando él daba su palabra, tenía por costumbre cumplirla.

—¿Quién entrega a esta mujer en matrimonio a este hombre?

Nick observó, con un dolor amargo invadiéndole el estómago, al padre de la joven, Billy, que levantaba el velo y revelaba la sonrisa nerviosa de Miley, una sonrisa que no terminaba de invadirle los ojos.

—Su madre y yo la entregamos —respondió Billy, y Nick contuvo la maldición que clamaba en su cerebro cuando el prometido de Miley, el hermanastro mayor de Nick, Joe, se adelantó para coger la mano temblorosa de su novia.



—¿Pero se puede saber dónde está? Es hora de cortar el pastel.

—Estoy segura de que estará aquí de un momento a otro — dijo Miley intentando  tranquilizar a la acelerada organizadora de su boda—. ¿Por qué no le pides a uno de los amigos del novio que mire en el baño mientras yo voy a ver si está en el vestíbulo.

Con franqueza, se diría que Joe ya debería saber a esas alturas que el novio no desaparece en medio del banquete.

—¿Va todo bien? —Demi, la dama de honor de Miley , se acercó con sigilo para hablar con ella.

—No encuentro a Joe. Supongo que necesitaba un momento a solas.

Demi alzó una ceja.

—Ya…

Está bien, quizá Joe no fuera el chico más introspectivo del mundo pero, con todo, era el día de su boda. Bien sabía Dios que hasta Miley estaba un poco abrumada con todo aquello.

—Supongo que no lo habrás visto.

Demi sacudió la cabeza.

—¿Dónde está su hermano? Creí que el trabajo del padrino era vigilar al novio.

—Se fue justo después de hacer su brindis —dijo Miley. La novia sonrió un poco al pensar en el brindis de Nick. Tan ensayado, tan civilizado. Tan poco propio de él. Nick no era un hombre que se preocupase mucho por lo que la gente pensase de él, sobre todo no la multitud pomposa y prepotente que se había dignado a asistir a la boda de Miley. El estilo relajado y natural de su cuñado lo hacía destacar entre aquella masa, incluso cuando intentaba encajar.

Al contrario que el de Joe, que podría haber posado para la portada de GQ, el cabello castaño oscuro de Nick siempre iba un poco desaliñado, y su cuerpo enorme y musculoso siempre parecía demasiado grande para la ropa que llevaba. Pero había aparecido con un aspecto absolutamente delicioso con el esmoquin que se había puesto para la boda y una camisa blanca que contrastaba de una forma de lo más seductora con su piel, bruñida por el fuerte sol caribeño. Nick siempre había sido guapísimo, con un estilo un tanto tosco, quizá, y había mejorado todavía más en los cinco años que habían pasado desde la última vez que Miley lo había visto.

La novia cerró los ojos e intentó no imaginarse los palmos de bronceados músculos que ocultaba aquel esmoquin. Miley creía haber superado siglos atrás aquel enamoramiento absurdo y adolescente, y desde luego el día de su boda con el hermanastro del objeto de sus deseos no era el mejor momento para resucitarlo.

Miley se dio una bofetada mental; era el día de su boda, por el amor de Dios. Todos aquellos meses de duro trabajo y preparativos al fin daban su fruto y no era el momento de revivir el encaprichamiento, muerto mucho tiempo atrás, por cierto, que había sentido por la oveja negra de la familia de su fabuloso novio.

La novia salió del salón de baile y se abrió camino por el vestíbulo sin dejar de detenerse para intercambiar algunos comentarios corteses con cuantos invitados se encontraba. Al acercarse al cuarto de las escobas, oyó un golpe seco tras la puerta cerrada. Después una risita. Y luego un gemido.

Un gemido decididamente masculino.

Con el estómago más o menos a la altura de los tobillos, Miley tuvo un horrible presentimiento; no quería imaginarse lo que iba a encontrar tras la puerta.

—Eres un imbécil. —Su voz le sonó muy lejana, como si saliera del final de un túnel larguísimo y lleno de ecos.

Cerró los ojos con tanta fuerza que tuvo un calambre en los párpados. Aquello no podía estar pasando. Es que no podía.

Pero allí estaba Joe, inconfundible, inmóvil en pleno embate mientras le hacía el amor a otra mujer contra la pared. La chica la miraba con la boca abierta por encima del hombro de su novio de un modo que habría sido incluso cómico en otras circunstancias.

Miley le lanzó una mirada rápida a la otra mujer. Ah, claro, la encantadora Camilla, la ayudante que acababa de entrar a trabajar para Joe. A Miley se le había ocurrido en su momento que el contrato de Camilla tenía más que ver con unas piernas de varios kilómetros y unos pechos exagerados que con sus habilidades como secretaria, y se dio un par de patadas mentales por haber sido tan estúpida y haberle dado a Joe el beneficio de la duda. Pero la última vez que lo había pillado engañándola, su novio había jurado por Dios, sobre la tumba de su abuela y por las llaves de su adorado Ferrari que nunca, jamás de los jamases volvería a ocurrir. Le había prometido que la próxima vez que tuviera relaciones sexuales sería con Miley, en su noche de bodas. Y con los preparativos de la boda en pleno apogeo, había sido más fácil creerle que admitir que estaba a punto de cometer el peor error de su vida.

—Miley, no es nada. No significa nada. —Joe se manoseó con torpeza los pantalones del esmoquin y después se sujetó el fajín cuando los pantalones volvieron a caérsele hasta los tobillos. Camilla se había bajado la falda y se tiró en plancha a recuperar las bragas, un movimiento que lanzó hacia atrás a Joe, que tropezó con una mesa antes de caer de encima de Camilla.

A Miley jamás le habían dado un puñetazo a traición pero se imaginó que la sensación debía de ser muy parecida. Un golpe seco en medio del pecho y la sensación de quedarse sin aire hasta terminar jadeando como una trucha recién pescada. Un dolor que la atravesaba entera, acompañado por el ardor gélido de la humillación. Con todo, la novia intentó no perder el control: no quería que Joe viera que se estaba haciendo añicos por dentro, explotando en un millar de fragmentos diminutos. La mente de Miley trabajaba a mil por hora, intentando encontrar lo más apropiado que se pudiera decir o hacer en una situación como esa. Pero no había forma de barrer aquello bajo la alfombra con un puñado de sutilezas sociales.

—Se supone que tenemos que cortar la tarta —dijo Miley; hasta a ella la frase le sonó absurda.

Aturdida, regresó al salón como pudo. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Permitir que la arrastraran hasta el altar como una especie de vaca destinada al sacrificio. La dulce Miley, la perfecta Miley, la que siempre hacía lo que tenía que hacer por sus padres, por su familia, por la empresa. Tan decidida estaba a no armar un escándalo por nada que se había negado a admitir la verdad sobre su futuro marido.

Apenas consciente de lo que hacía, Miley abrió de un empujón la puerta del salón de baile del hotel Winston, la joya de la corona del imperio de hoteles de lujo D&D. Su padre, Billy Ray Cyrus, y el padre de Joe, Paul Jonas, habían adquirido la propiedad no hacía ni dos años. En solo un año estaba haciendo sudar al Fairmont la gota gorda en el mercado de los hoteles de lujo de San Francisco.

Pero ni siquiera vio el precioso salón de baile recién redecorado con sus sofisticadas arañas de luces y los tapices de seda que transmitían un ambiente de elegancia y lujo antiguo. A Miley le daban igual las decenas de miles de dólares en rosas blancas que adornaban cada una de las setenta mesas que se habían dispuesto para albergar a los invitados a la boda. Ni siquiera le importó chocar con un camarero y que una copa de vino le salpicara la falda de su vestido de novia de Vera Wang hecho a medida.

martes, 7 de junio de 2011

Venganza Capítulo Final

-¿Por qué? ¿Por qué iba a hacer una cosa así?
-Para ocultar que esa misma tarde se había deshecho del niño en una clínica ilegal...
Al ver la horrorizada expresión de Miley la otra chica murmuró:
-Le dije que era tonta. Quiso librarse del niño desde el primer momento pero le daba miedo y además pensaba que si iba a una buena clínica, Nick acabaría por enterarse. Y eso no lo hubiera soportado. Lo que más le importaba en el mundo era la opinión de Nick, que pensara bien de ella, que la quisiera. Y no sólo como un hermano…Esa fue otra razón para casarse con Trace: para poner celoso a Nick. Pero al ver que no funcionaba se desesperó aún más. Quería estar con Nick pero no quería volver con el hijo de otro hombre en las entrañas. Todo lo que hizo fue a causa de él. Quería que la viese como una mujer, que la deseara. Ya sabes que no eran hermanos de sangre y Ginny llevaba años loca por él. Pero él siempre la trató como una niña y eso la desesperaba...
-Dios, creo que me voy a desmayar... -musitó Miley poniéndose en pie.
Un fuerte brazo la sujetó y la llevó hacia el guardarropa. Nick llamó a una de las encargadas y dijo con prisa:
-¿Podría ocuparse de mi esposa? No se siente bien.
Alegrándose de no haber comido nada, Miley se bebió a sorbos un vaso de agua y gradualmente las náuseas desaparecieron y le sonrió débilmente a la anciana que la cuidaba con tal atención.
-Ya me siento mejor, gracias. Creo que voy a volver -dijo al fin.
Nick la esperaba junto a la puerta con la cara pálida y los ojos como hundidos. Ya había recogido el bolso y el chal de ella y, sin una palabra, la instó a entrar en un taxi que ya les esperaba.
Estuvieron en silencio todo el camino hasta el apartamento y él no abrió la boca hasta que se hallaron sentados en el salón.
-¿Te apetece un coñac?
Ella negó con la cabeza.
Él se sirvió una copa y la apuró de un trago.
-Pareces un fantasma -le dijo en un tono arisco-. Te sugiero que te vayas a la cama.
Ella volvió a mover la cabeza.
-Tenemos que hablar -dijo con la voz débil y temblorosa.
-Ya hablaremos más tarde. Ahora hay algo que debo hacer. Vete a descansar, Miley.
Salió de la habitación y Miley oyó abrirse y cerrarse la puerta principal.
Curiosamente embotada, sin sentir ni pensar, se quedó donde estaba, como hipnotizada. Pasaron los minutos y las horas.
Debió de quedarse dormida porque al abrir los cansados ojos se encontró a Nick ante ella, agotado y pálido.
Miley, aterida, vio como la aurora comenzaba a entrar por la ventana.
-Voy a hacer café -dijo ella roncamente.
Pero cuando ella trató de levantarse, se lo impidió.
-Lo haré yo.
Regresó pronto y, tras pasarle a ella una humeante taza, se sentó enfrente.
Fue Miley quien rompió el silencio.
-¿Qué escuchaste ayer en la fiesta?
-Casi todo. Vi a Carole acercarse y sentarse a tu lado. Como era obvio que estaba bastante borracha sospeché que habría problemas y volví.
-¿Creíste lo que me contó?
-No quería creerlo. Cuando te dejé aquí fui a la clínica. No fue fácil encontrar a alguien a esas horas que accediese a comprobar los historiales médicos. Ginny no perdió el niño al caer por las escaleras. Ya no estaba embarazada cuando la internaron. Me siento tan culpable... Debería haberme dado cuenta de que algo iba mal. Tendría que haberla ayudado.
Algo en el interior de Miley se rompió, Nick aún pensaba sólo en Ginny. Entonces ella se armó de valor y le preguntó entonces con frialdad:
-¿Y qué hay de Trace? ¿No te sientes culpable por juzgarlo mal? ¿Por todas esas cosas horribles que has dicho y hecho?
Con un gesto desolado, Nick dijo:
-Al salir del hospital he ido a verlo. No es que le haya entusiasmado que le despierten a las tres y media de la madrugada para hablar pero, tras calmarse lo suficiente para escucharme, hemos tenido una conversación de hombre a hombre. Le he dicho que estoy dispuesto a compensarlo en lo posible y, en lo que respecta a sí mismo, se ha mostrado muy poco rencoroso. Eres tú quien le preocupa. Y a mí.
--Muy amable por tu parte.
-Si quieres dejarme...
Ella rió ásperamente.
--¡Si quiero dejarte...!
Nick apretó la mandíbula.
-Te daré una casa, un coche, una suma de dinero, una pensión mensual, lo que que...
-No quiero ni la casa, ni el coche, ni tu dinero -lo interrumpió ella en un tono glacial-. Todo lo que quiero es irme con Trace.
Se puso en pie con dificultad.
Él la agarró del brazo y dijo apresuradamente:
-Espera a haber descansado un poco, hasta que hayas tenido tiempo de pensarlo...
-No tengo nada que pensar -repuso ella liberándose de él y caminando hacia la puerta.
Estaba a medio camino cuando su voz, grave y con la emoción contenida, la detuvo.
-Miley, no te vayas… por favor.
Era una frase simple pero él no era de los que suplican.
Con la cabeza muy alta, Miley cerró la puerta tras de sí y tomó el ascensor para bajar. El golpeteo de los altos tacones resonó en el desolado vestíbulo cuando lo cruzó para salir a la calle.
Parada en medio de la acera con aquel precioso vestido de Jamé dorado miró hacia uno y otro lado de la Quinta Avenida. Dentro de nada la calle despertaría y volvería a su ruidosa vida pero ahora, al amanecer, estaba curiosamente tranquila y vacía.
Entonces reparó en un taxi que, una manzana más abajo, paraba para dejar en casa a alguien que volvía de una fiesta. En cuestión de minutos estaría con Trace.
Pero, ¿de verdad era eso lo que quería? Había pensado en Trace y ella como las víctimas inocentes, pero Nick también era inocente. Todo lo que había hecho era creer las mentiras que una chica desequilibrada le había contado.
Cuando volvió a entrar en el edificio, el guardia de seguridad, que había aparecido en el vestíbulo, la echó una sorprendida mirada y luego, al reconocerla, la saludó cortésmente:
-Buenos días, señora Jonas.
-Buenos días -contestó ella con una radiante y serena sonrisa.
Entró silenciosamente en el apartamento y se encontró a Nick sentado donde lo dejó, con la cabeza hundida entre las manos.
Debió de hacer algún ruido, porque él alzó la vista. Miley advirtió en su cansado rostro tal tristeza, tal desolación, que ella misma hizo un gesto de dolor.
Nick disimuló inmediatamente. Se puso en pie y le preguntó con naturalidad:
-¿Se te ha olvidado algo?
-Sí.
Él alzó las cejas como interrogándola.
-Tú -dijo ella simplemente-. ¿Sabes? Estoy enamorada de ti, no es capricho ni deseo, sino amor... De ese en el que no crees.
Un segundo después él había recorrido el espacio que les separaba y la tenía aprisionada contra sí. Con la boca contra el pelo de ella musitó:
-Cuando me di cuenta de lo estúpido que había sido, de cómo había dejado que Ginny me enredara y estuviera a punto de arruinar todas nuestras vidas, mi única esperanza era que lo que sentías por mi fuese algo más que pasión. Sólo así había una posibilidad de que me perdonaras. Pero hasta que he creído que te había perdido no he admitido ante mí mismo que lo que yo sentía era mucho más que deseo. Si el amor significa preocuparse y cuidar a alguien, tocarla para ver si es real que estoy con ella, si es la primera persona en la que pienso cuando me levanto y en la última cuando me acuesto y un compromiso sólido y duradero, entonces, si, te amo.
Ella se apartó un poco y, con los ojos llenos de lágrimas de felicidad, bromeó:
-No sé si creérmelo todavía. Vámonos a la cama y repítemelo hasta que lo consigas.
-¿Sólo quieres que te lo diga? ¿No te lo puedo demostrar?
Nick intuyó que Miley estaba a punto de decir algo…
-¿Hay algo que quieras decirme Miley? Si quieres podemos ir por algo de champaña para celebrar que…
-No puedo tomar. Es que…de hecho, creo que dentro de poco vas a tener que preparar biberones de leche en lugar de copas de champaña.
Él la besó una y otra vez. Era increíble que Nick estuviera casi llorando después de haber sido aquel hombre despiadado en la luna de miel.
-Bueno mientras esperamos unos meses -dijo mientras le acariciaba el vientre - tenemos que aprovechar.
Y la besó una vez más. 
Nick la tomó de la mano y la condujo hacia el dormitorio para desaparecer en él.
-Es hora de la demostración, señora Jonas.

 FIN  



viernes, 3 de junio de 2011

Venganza Capítulo 17

Mañana es el final!(: 
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-Que es más de lo que su padre, Carl Guggenheim, pudo hacer -continuó Trace-. Aunque la cubrió de oro la dejó hacer cuanto le venía en gana.
Miley, con el corazón latiéndole a cien por hora, volvió al tema fundamental.
-¿Quieres decir que Ginny le debió de contar a Carole lo que ocurrió aquella noche?
-Quiero decir que Carole lo vio: estaba allí. De hecho ella fue la razón de que empezáramos a discutir. Quería que Ginny la acompañara a una de esas fiestas salvajes que tanto le gustaban. Pero Ginny estaba pálida, parecía enferma, y yo no quería que saliera.
En aquel instante les sirvieron la cena. Mientras lo hacían, Miley trató de aclarar sus ideas. Estaba segura de que Trace decía la verdad. Pero, en ese caso, ¿por qué Ginny le había hecho creer lo peor a su hermano y enfrentado a los dos hombres?
Cuando el camarero se marchó finalmente, Miley se esforzó por cambiar de conversación para borrar de la cara de su hermano aquella desolación.
-En una de las cartas decías que de pequeña solía sentarme en tus rodillas. Creo que me acuerdo de algunas cosas. ¿Una vez...?
Durante el resto de la cena y el café hablaron sobre su infancia y se pusieron al día el uno al otro en cuanto a sus vidas.
Fue Trace quien al fin se dio cuenta de lo tarde que era. Agitado, se apresuró a salir del restaurante y paró un taxi para ella.
-¿Quieres que vaya contigo? ¿Y si...?
-No creo que esté en casa -dijo ella para calmarlo-. Desde que volvimos vive en la oficina prácticamente. Gracias por la cena. Te llamaré.
Y tras un breve abrazo entró en el taxi.
El ático estaba oscuro y silencioso cuando llegó. Estaba cruzando el salón cuando una figura alta se levantó de una silla y la sobresaltó. Un segundo después se encendieron las luces.
-¿Dónde diablos has estado? -preguntó Nick.
Su cara era una máscara de furia y no llevaba ni chaqueta ni corbata.
-He salido -se encaró ella con él.
Con los ojos echando chispas, él dijo despectivamente:
-No hace falta que me digas con quién.
-Trace me ha llevado a cenar.
Por un segundo consideró si decirle o no lo que su hermano le había contado. Decidió no hacerlo. Era sólo la palabra de Trace contra la de Ginny. Pero si conseguía que Carole confirmase la versión de Trace...
-No me prohibiste que lo viera -comentó ella valerosamente al ver la expresión rígida de Nick.
-¿Y si lo hubiera hecho?
-No estás en casa el tiempo suficiente para hacer de guardián -lo atacó ella-. Las cuatro últimas noches he cenado sola -dijo dejando ver su resentimiento - teniendo en cuenta el caso que me has hecho, es como si también hubiera dormido sola.
-Eres una pobrecita esposa a la que le falta atención -se burló Nick-. Pero no tengo intención de que eso siga ocurriendo.
Era evidente lo que quería decir.
Con un solo movimiento la tomó en brazos y la llevó al dormitorio.
-Déjame -dijo ella empezando a forcejear-. Voy a dormir en mi antigua habitación.
-No, cariño -su tono era frío y de rabia-. Te voy a hacer el amor hasta que me supliques piedad y yo esté satisfecho.
-¡Prefiero que me pegues! -exclamó ella.
-Lo dudo.
La arrojó con desprecio en el viejo diván, encendió la luz de la mesilla y comenzó a desabrocharse la camisa.
Ella corrió hacia la puerta pero, antes de llegar, él la detuvo. Luchó y pataleó y, oyendo romperse las costuras del vestido, él la desnudó despiadadamente.
-Te odio -sollozó ella-, te odio.
-Nada nuevo -comentó él mientras terminaba de desnudarla con el brazo libre.
Un momento después, ella estaba extendida en la cama y él sobre ella, controlando sus movimientos.
-Voy a gritar -balbuceó.
-Tendrás que gritar muy alto: la señora Kirk no está. Y ahora, mi Miley guerrera...
Ella tembló convulsivamente cuando él la tocó por primera vez, pero entonces, con una fatalista calma envolviéndola, se quedó tendida y en silencio, pasiva como una muñeca de trapo.
No era su estilo el tenerla a la fuerza. Aquello no le satisfaría el orgullo. Obviamente quería castigarla, torturarla con una mezcla de sensuales sensaciones.
Pero la mente también tenía su papel en el sexo y si su única defensa era la frialdad la usaría.
Nick detuvo las manos y, como si fuese clarividente, la miró a la cara. Sus ojos color gris tenían una expresión ausente, como si mirase a través de él.
-No va a funcionar, mi querida esposa. Yo me aseguraré de que tu mente no se ausente y colabore para que disfrutes de lo que te voy a hacer.
La mordisqueó el labio inferior y, sonriendo, vio como las pupilas de Miley se dilataban involuntariamente.

Cuando Miley despertó y se desperezó, comprobó que estaba sola en la cama y que la luz del día invadía la habitación. Notó una oleada de calor que se transformó en un escalofrío al recordar, humillada, la noche anterior. Sus esfuerzos habían sido inútiles. Él la había usado con una insultante insolencia y había sonreído al ver como se retorcía y se convertía en una esclava indefensa de la pasión, pisoteando su orgullo.
¡Jamás lo perdonaría!
Se puso una bata y se encaminó a la cocina con la garganta seca para tomar una taza de café.
Allí se encontró con la señora Kirk, que estaba preparando el desayuno. Tenía el gris cabello revuelto y las gafas mal colocadas.
-Parece que a las dos se nos han pegado las sábanas -comentó con acidez.
-Nick -Miley dijo su nombre con dificultad- me comentó que anoche salió usted, o sea que tiene una buena excusa.
-Sí, fui a una proyección de cine en beneficio de los necesitados. Pero tengo tanto que hacer hoy...
El teléfono sonó e interrumpió sus palabras.
Miley se había servido el café y estaba tomándoselo cuando regresó la dama con una expresión de ira.
-Era esa Guggenheim otra vez, para recordarle a Nick lo de la fiesta de esta noche. Le he dicho que está en la oficina. Allí no se atreverá a llamarlo.
Cautelosamente, Miley comentó:
-Era amiga de Ginny, ¿no?
El ama de llaves adoptó un gesto reservado.
-Así es.
Miley renunció a la cautela.
-Señora Kirk, ¿cómo era realmente Ginny? -y, al ver la reticencia en la cara de la dama, añadió con desesperación-. No es por simple curiosidad. Necesito saberlo. Y usted es la única persona que me puede dar una opinión imparcial.
Se hizo un largo silencio y Miley ya pensaba que su petición no había encontrado eco cuando la señora Kirk dijo sencillamente:
-De pequeña era preciosa, y encantadora y amable cuando le venía en gana. Pero era una mentirosa incorregible, astuta y engañosa y empeñada en salirse siempre con la suya.
Hice todo lo que pude, y no se debería hablar mal de los muertos, pero creció y siguió siendo como era. Se metió en muchos líos que tuvo que ocultarle a su hermano. Él estaba demasiado ocupado con los negocios como para darse cuenta y ella lo tenía encandilado. Nick jamás pensó nada malo de ella, pero a mí no me gustaba la forma en que se exhibía.
La señora Kirk se quedó de pronto callada y luego continuó.
-Fue un gran alivio cuando se casó aunque yo lo sentí por el señor Cyrus... ¡Pero ya está bien! Probablemente he hablado más de lo debido y no me corresponde...
Un impulsivo abrazo interrumpió las explicaciones de la señora.
-Gracias por ser tan franca. No repetiré ni una palabra.
-Puede que fuese hora de que alguien lo dijera. Y sólo te he contado la verdad -repuso la mujer encogiendo los huesudos hombros.
Miley apretó los dientes. De alguna manera debía convencer a Carole aquella noche en la fiesta de que hiciese lo mismo...

Mientras estaba ayudando a la señora Kirk a recoger los platos del desayuno seguía con sus pensamientos puestos en la fiesta. Miley recordó que tendría lugar en el prestigioso Waldorf-Astoria.
Aunque estaba disgustada y enfadada por el modo en que Nick la había tratado, un extraño orgullo hacía que odiase la idea que hacerlo quedar mal ante sus amigos.
-Tendría que hacerme algo en el pelo y la cara -dijo pensando en voz alta.
-Abajo hay una peluquería y salón de belleza -sugirió la señora Kirk.
Miley suspiró.
-Probablemente ya es demasiado tarde para pedir hora. Y, en cualquier caso, yo... Se me ha olvidado pedirle dinero a Nick.
La señora, que sabía mejor que ella el peso que tenía el apellido Jonas, exclamó:
-¡No importa! Les llamaré para pedirte hora y ya mandarán la factura después.
Ya eran las cinco y media cuando Miley salió del salón de belleza con el aspecto y la sensación de ser una mujer nueva.
El cabello, rizado y aclarado por el sol, se lo habían cortado de un modo que le hacía el cuello más largo y realzaba su bonita estructura ósea. La piel le resplandecía y las uñas tenían un brillo rojizo mientras que el profesional maquillaje le remarcaba la boca y los ojos y la convertía en una deslumbrante belleza.
Aunque su propio juicio fue algo más moderado cuando se miró al espejo supo que podría ir a cualquier parte sin que tuviese que avergonzarse de ella.
Cuando dieron las seis y aún no había rastro de Nick empezó a ponerse nerviosa. ¿Habría decidido no ir a la fiesta después de todo?
Lo llamó a la oficina y fue él mismo quien contestó con cierta brusquedad:
-Jonas al habla.
-Me estaba preguntando a qué hora vas a llegar a casa.
Miley tuvo la sensación de que le sorprendía oír su voz pero, tras un instante, él preguntó con un frío desprecio:
-¿Estás pensando en volver a escaparte para ver a ese hermano tuyo?
Sabiendo que una discusión estropearía sus planes Miley no estalló.
-Carole ha llamado antes para recordarte lo de la fiesta de esta noche... ¿Vas a ir, verdad?
-No estoy de humor para fiestas -dijo él, irritado.
-Por favor, Nick, llévame. He ido a la peluquería y me he arreglado y me encantaría ir -dijo conteniendo la respiración mientras esperaba su respuesta.
-Muy bien, ya que me lo pides así... -y añadió casi para sí mismo-. Tal vez si Carole se enfrenta al hecho de que me he casado me deje por fin en paz.
Miley se puso en el lugar de la otra chica.
-Tampoco quiero estropearle la fiesta. Está enamorada de ti y...
-¿Aún eres lo suficientemente ingenua como para hablar de amor? Existen el encaprichamiento y el deseo bueno y sincero, pero no el amor... Al menos como tú lo imaginas. Estaré en casa en una hora -añadió secamente para terminar.
Con una mezcla de alivio y nerviosismo escogió el vestido más llamativo que Nick le había comprado: uno de Jamé dorado con finísimos tirantes. Era falsamente simple, ciñéndosele a la cintura y cayendo grácilmente sobre sus caderas.
Completó el atavío con unas sandalias a juego, un chal y un bolso del mismo material. No llevaba ninguna joya excepto el colgante de Nick y el anillo. Una vez lista esperó muriéndose de impaciencia.
A la siete y media, al ver que no había llegado, estaba ya desanimada y segura de que habría cambiado de opinión. Entonces escuchó con alivio que la puerta se abría.
Iba a pasar de largo sin mirarla apenas cuando se paró de golpe y preguntó:
-¿Qué te has hecho?
Su ataque fue tan salvaje, tan inesperado que los ojos se le llenaron de lágrimas.
-No quería... No quería hacerte quedar mal.
-Por favor, no llores -dijo añadiendo cansadamente-. Es simplemente que me gustas más con el pelo largo y estoy hastiado de las muñecas de plástico que crean en los salones de belleza.
Con un breve suspiro se giró sobre los talones y entró en el dormitorio diciendo al tiempo:
-Estaré contigo en quince minutos.
Para cuando volvió, Miley ya había recuperado el control, aunque por dentro la devoraban el desánimo y la decepción y los nervios ante lo que se disponía a intentar.
Llegaron al Waldorf cuando la fiesta estaba en todo su apogeo y las risas y el rumor de las conversaciones flotaban en el aire junto con la música de baile. Y el champán corría como las cataratas del Niágara.
Era una sofisticada fiesta en la que estaba presente lo mejor de Nueva York. Mientras se abrían paso para ir a saludar a la anfitriona, varios de los hombres más poderosos de Wall Street saludaron a Nick con respeto. Sonriendo y haciendo el papel de buen marido les presentó a Miley y aceptó sus felicitaciones.
Carole se acercó acompañada de un hombre robusto y de baja estatura con los labios regordetes. Llevaba un vestido escarlata oscuro que realzaba su morena belleza.
-Nick,, cariño, me alegro de verte -dijo con una sonrisa radiante.
Pareció estar a punto de besarlo y, de pronto, él le tomó la mano con cortesía y se la llevó a los labios.
-¿Ya conoces a Miley, no?
-Sí, claro -y comentó con una evidente falta de entusiasmo-. Gracias por venir.
Los dos hombres se dieron la mano y entonces Nick se giró hacia Miley:
-Cariño, te presento a Carl Guggenheim, el padre de Carole... Carl, esta es Miley, mi mujer.
Él estudió su cara mientras le estrechaba la mano.
-No sabía que estuvieras casado... Y con una chica tan guapa -le comentó a Nick.
-Ha sido un romance sorpresa y lo hemos mantenido en secreto por la prensa.
En aquel instante apareció Paul, el joven rubio que ya les había presentado Carole en una ocasión. Se saludaron al reconocerse y luego éste se llevó a Carole a bailar como si no percibiese su reluctancia.
-¿Qué te parece? --le preguntó Carl a Nick.
-Un joven agradable y muy decidido -contestó Nick.
-Puede que se convierta en mi yerno -asintió Carl lentamente-. Creo que quiere a Carole y sabe cómo llevarla... Ah, ahí está Manny... Bueno, los dejo para que disfruten de la fiesta.
Cuando les dejó solos, Nick inclinó la cabeza y dijo:
-¿Te apetece bailar, cariño?
Y esta vez fue Miley la que se vio conducida a la pista de baile.
Normalmente le encantaba bailar con él pero aquella noche, con tanto rencor entre los dos y la mente fija en otros asuntos, Miley no conseguía relajarse y sintió un gran alivio cuando él sugirió mezclarse con los demás invitados.
Dos horas y varias copas de champán más tarde, Miley no había avanzado nada hacia su objetivo. Nick no la había abandonado ni un instante y, debido a la rabia o a la influencia de Paul, Carole ni se les había acercado.
Cuando todo el mundo empezó a desplazarse hacia el buffet ellos tomaron asiento en un rincón tranquilo.
-¿Tienes hambre? -preguntó él.
-Muchísima -mintió Miley.
-Voy a ver que encuentro por ahí.
Tan pronto como se marchó, Miley empezó a observar a la multitud en busca del vestido escarlata de Carole. Si pudiera encontrarla y hablar con ella a solas un minuto...
Entonces, como por ensalmo, la alta chica apareció a su lado. Se tambaleaba un poco y el vaso que llevaba se inclinaba peligrosamente. Se sentó en el sofá azul al lado de Miley y le dijo:
-Felicítame. Paul y yo acabamos de comprometernos.
-Espero que seas muy feliz -dijo Miley con sinceridad-. Paul parece un chico estupendo.
-Lo es -dijo Carole con amargura-. Pero tú te has llevado al único hombre que me ha importado de verdad. Lo intenté con todas mis fuerzas... Y no fui la única. Pero cuando se trata de mujeres es un cerdo arrogante y cruel.
¡Como si yo no lo supiera!, pensó Miley.
-¿Cómo has conseguido que se enamore de ti? -le preguntó Carole con la lengua vacilante-. Me gustaría saber cual es el secreto...
-¡Pero si no está enamorado de mí! -dijo Miley decidiendo por instinto contar la verdad-. Sólo se ha casado conmigo para vengarse de Trace... .
Carole frunció el ceño y la observó intentando centrar la mirada.
-¿Trace?
-Yo soy la hermana de Trace Cyrus.
-No sabía que tuviera una hermana. ¿Y qué…?
-Nick piensa que Trace maltrató a Ginny y...
-¡Qué gracioso! -exclamó Carole tras apurar el vaso y dejarlo caer de su mano-. Eso demuestra lo ciegos y tontos que pueden ser hasta los hombres más inteligentes. Ginny tenía a Trace en sus manos. Él estaba loco por ella y a ella no le importaba nada él... Jamás lo quiso.
-Pero iba a tener un hijo suyo.
-No era de Trace, sino de Rick Merryl. Rick era aún más joven que Ginny pero un completo salvaje, siempre tuvo problemas con la policía. Él fue quien la introdujo en las drogas...
Miley repitió, como en trance:
-El niño no era de Trace...
-Claro que no. Ya estaba embarazada cuando se acostó con él. Esa fue una de las razones de que se casara con Trace: tenía miedo de que Nick descubriera de quién era realmente el niño. Se hubiera puesto furioso y...
Miley temió que Nick regresase antes de que le diese tiempo a sacarle a Carole la verdad y la interrumpió para preguntar:
-¿Estabas allí la noche que se cayó por las escaleras y perdió el niño?
-Sí, había ido para llevarla a una fiesta. Pensé que necesitaba animarse un poco. Él no quería dejarla ir y discutieron.
-Pero Trace dice que él no estaba siquiera cerca de ella cuando tropezó y cayó por accidente.
-No fue un accidente y no se tropezó...
Todas las esperanzas de Miley comenzaron a esfumarse y casi no oyó las siguientes palabras de Carole, absorta en su desolación. Cuando al fin las asimiló susurró apresuradamente:
-Repíteme eso.
-He dicho que Ginny lo hizo a propósito.

martes, 31 de mayo de 2011

Venganza Capítulo 16

Él se quedó quieto unos segundos y después, con un murmullo incoherente, la abrazó con todas sus fuerzas.
-Lo siento, cariño. ¿Te he hecho daño? -preguntó al oír una pequeña queja.
-Sí... No... No importa. quiero que me abraces.
Él lo hizo y luego se separó para mirarla a la cara. Lo que vio en ella fue el afrodisiaco más potente jamás creado.
Poco a poco, como un hombre que sabe saborear los placeres, le quitó las horquillas y sonrió al ver caer aquella cabellera castaña y le bajó los tirantes del camisón, que cayó al suelo con un sedoso rumor. La luz de la luna bañaba sus muslos, sus hombros y la pálida curva de sus pechos.
Era hermosa, pensó él. Delicada como una figura de porcelana y, sin embargo, fuerte y arrojada, con un espíritu inquebrantable.
Las manos de Nick ocuparon el lugar de la luz de la luna y sus caricias casi le detuvieron el corazón.
Sus bocas se unieron y se formó entre ellos una corriente de excitación tan fuerte que los transportó a ambos. Él la tomó en brazos y la tendió sobre la alfombra antes de desnudarse con apresurados dedos.
Miley al verlo allí, desnudo y hermoso como una estatua griega, extendió los brazos para hacerlo tenderse. La boca de Nick repartió besos por sus párpados, su pelo, sus labios entreabiertos y sus pechos, mientras, conociendo perfectamente sus necesidades, la acariciaba hasta volverla loca.
Cuando por fin cubrió el cuerpo de ella con el suyo no hizo ningún intento por no descargar todo su peso. Sabía instintivamente que ella ansiaba sentirlo.
Hicieron el amor con prisa y furia y el clímax fue casi insoportable.
Más tarde, cuando sus latidos se habían calmado, él se puso en pie y para protegerla de la fría brisa que entraba por la ventana la llevó a la cama.
La abrazó y le hizo apoyar la cabeza en su hombro mientras decía tiernamente:
-Duerme, amor mío.
Amor mío...
Pero ella no era su amor. Era una mujer que lo satisfacía. Aunque él odiase a su hermano. Y cuando se hubiese vengado de éste y ella dejara de agradarle, la abandonaría, ya que no había ningún sentimiento profundo, ningún afecto.
Miley permaneció tendida escuchando la profunda y regular respiración de Nick y, mientras su cuerpo era todo júbilo, su corazón lloraba lágrimas de sangre.
Miley y Nick prolongaron la estancia en la isla varios días y cuando volvieron a Nueva York, en forma y bronceados, hacía un calor sofocante y el menor soplo de brisa, aún con olor a humo de los coches, era un tesoro.
La señora Kirk, con unos pantalones de chándal amarillos y una camiseta roja y verde les recibió con su habitual austero entusiasmo.
-Ya tengo la comida preparada y he hecho sitio en tu dormitorio para las cosas de Miley. Supongo que lo compartirán, ¿no? ¿Este no será uno de esos matrimonios modernos en que los dos tienen habitaciones separadas?
-No, le aseguro que no -dijo Nick con una mirada que hizo sonrojarse a Miley y desear que estuvieran solos.
Ella asintió con cara de aprobación y ya se alejaba cuando se detuvo para decir:
-Ah, y ha llamado la señorita Guggenheim -pronunció el nombre dejando claro lo que pensaba de ellapara recordar que hace una fiesta el sábado por la noche. Le dejé muy claro que estabais de luna de miel pero insistió en que habías prometido ir. Y el señor Hayward llamó varias veces para preguntar si habíais vuelto.
Al oír el nombre de Trace, la cara de Nick adoptó un gesto frío. Tras llevar las maletas al dormitorio dijo bruscamente.
-Tan pronto como me haya duchado y cambiado me voy a la oficina. ¿Encontrarás algo que hacer mientras no estoy?
Miley se quedó helada al oír el tono de su voz y repuso:
-Claro pero, ¿no vas a comer algo antes?
-Pediré que me suban un sandwich si quiero comer.
Diez minutos más tarde añadió escuetamente:
-No sé a que hora volveré, o sea, que no me esperes.
Y tras esto desapareció y ella se quedó sola. Su burbuja de felicidad había explotado como un globo que roza un alfiler.
Mientras habían estado lejos, enterrando en lo más hondo de su mente las dudas sobre el futuro, cada día había sido como un valioso tesoro en que había vivido, amado y reído y lo había dado todo.
Él, como si también se hubiera liberado momentáneamente de sus espíritus malignos, había parecido en ese tiempo incluso más joven y guapo. Había un resplandor en su cara que se podría haber tomado por felicidad.
Habían pasado los días paseando y practicando deportes acuáticos, tomando el sol en la playa y leyendo y las noches haciendo el amor lenta y satisfactoriamente.
Nick había hecho el desayuno que, hablando y besándose, habían tomado en la cama. A menudo para hacer después el amor.
Él había conocido muchas mujeres de aspecto sexy que habían resultado ser frías y calculadoras y se sintió conquistado por el calor y la pasión que escondía bajo aquel aspecto tranquilo. Y se lo había dicho.
Aunque no se sentían incómodos en silencio habían conversado durante horas, debatiendo sobre cualquier cosa. La mayor parte de las veces estuvieron de acuerdo y, cuando no, habían disfrutado de las batallas retóricas. Lo único de lo que no habían hablado nunca era de Trace y la sombra que pendía sobre su relación.
Habían explorado la zona buscando animalitos y, a pesar de que era muy escrupulosa en sus higiene personal, Miley no había protestado por tener los pies llenos de barro, o el pelo enredado.
Nick, acostumbrado a las mujeres aburridas y superficiales que no parecían poder pasar un día sin ir a un salón de belleza, se había deleitado con la personalidad de Miley, su entusiasta amor por la vida y su completa falta de vanidad. Y una vez más se lo había dicho, dándole así esperanzas de que algún día podrían cambiar las cosas.
Ella no había echado de menos la gente, ni las salidas nocturnas y, aunque habían estado aislados, Miley se había sentido en el paraíso.
Ahora, de pronto, estaba de nuevo en la tierra y con su regreso a Nueva York y a la vida real, Nick era de repente un hombre distinto del desenfadado amante que fue en la isla y todas las esperanzas de Miley se perdieron.
En los días siguientes casi no lo vio, ya que trabajaba de sol a sol. Algo que, a pesar de su natural energía, le daba un aspecto cansado.
Aunque dormían en la misma cama, él no hizo ningún intento de tocarla y la trataba con una cortés frialdad que le rompía el corazón. Tal vez si ella se hubiera acercado a él las cosas hubieran sido distintas pero, aunque deseaba ardientemente estar en sus brazos, su orgullo la impedía pedírselo.
A la primera oportunidad que tuvo llamó al apartamento de Trace y oyó un mensaje que decía que estaba en California en viaje de negocios. Ella dejó en el contestador otro pidiéndole que la llamase en cuanto regresase.
El teléfono no sonó hasta el viernes por la tarde.
-¿Miley?
-¡Trace! -exclamó ella con alegría-. ¿Cuándo has vuelto?
-Hace diez minutos. ¿Podemos vernos?
-Sí, ¿dónde?
-Supongo que ahora puedes salir, ¿no?
-Sí, sí puedo.
La señora Kirk estaba fuera y Miley estaba a punto de cenar sola en la cocina.
-Nick trabaja hasta tarde -añadió-. Tiene que ponerse al día después de las vacaciones.
-¿Cenamos juntos entonces? Toma un taxi y espérame en Fingles en media hora.
-¿Dónde está?
-En Madison esquina con la calle Sesenta y siete.
-Allí estaré.
Miley llamó a un taxi sin perder un segundo. Para cuando se hubo puesto un elegante vestido negro de cóctel y bajado al vestíbulo del edificio, éste ya la esperaba.
Al llegar a Fingles, un selecto restaurante, Trace ya estaba allí, esperándola bajo el toldo de la entrada.
Se apresuró a recibirla y pagó al taxista antes de acompañarla al interior a través de las puertas de cristal ahumado que un empleado les abrió.
El aire acondicionado mantenía la verde y dorada sala a una temperatura perfecta y había flores, que le daban un toque de color. Estaba bastante llena, con la mayor parte de las mesas ocupadas por una clientela muy bien vestida.
Trace le murmuró unas palabras al jefe de camareros y le pasó discretamente un billete. Un instante después les conducían a un reservado.
Ni Nick lo hubiera hecho mejor, pensó Miley mientras miraba la carta.
Tan pronto como estuvieron solos, los torturados ojos castaños de Trace estudiaron su cara.
-¿Estás bien?
-Sí, todo va bien.
-No tienes aspecto de ser muy feliz -observó él astutamente y suspiró-. Ojalá hubiéramos tenido ocasión de conocernos realmente.
-Eso pienso yo. Pero ya tendremos tiempo de ahora en adelante.
-Lo dudo. Nick me odia y no le gustará que nos veamos -dijo Trace con el puño tan cerrado que los nudillos se le pusieron blancos-. Si se entera de lo de esta noche se pondrá furioso y puede que...
Ella le cubrió la mano con la suya con un gesto tranquilizador.
-No tienes de qué preocuparte.
-Ojalá yo estuviese tan seguro.
-Puedes estarlo.
-Pero sólo se ha casado contigo para... -Trace se detuvo súbitamente.
-Ya se por qué se ha casado conmigo -repuso ella con calma-. Pero no importa lo que te quiera hacer creer a ti: no va a hacerme ningún daño.
Trace, con la voz insegura, preguntó:
-¿Si sabes por qué se casó contigo por qué no lo dejas?
-Porque lo quiero.
Era la verdad, aunque no toda la verdad.
-Es peligroso enamorarse de un hombre así -contestó Trace sombríamente-, de un hombre duro y cruel...
¿Te ha hablado de Ginny...?
Se quedó callado de pronto al ver que un camarero había aparecido junto a él.
Tan pronto como hubieron pedido y volvieron a estar solos, Miley dijo despacio:
-Sí, me ha hablado de Ginny.
-Era una chica preciosa, alegre y animada. No llevábamos mucho tiempo casados cuando a Nick se le metió en la cabeza, por alguna razón, que yo la pegaba...
-¿Lo hiciste?
-¡No, por Dios! Estaba enamorado de ella. Me di cuenta muy pronto de que nuestro matrimonio había sido un error pero jamás, jamás, le hubiera puesto una mano encima.
Su voz tenía una sinceridad inconfundible.
-Pero no conseguí que Nick me creyese. Una vez
casi me partió la mandíbula porque le vio un cardenal en el brazo. No se por qué, ni qué pasó, pero todo empezó a ir fatal. Nada de lo que hacía la complacía y después de perder el bebé, Nick la convenció de que me dejara. Me pregunto si él... -se quedó callado.
Tras unos momentos, Miley dijo con calma:
-No es lo que estás pensando. Él cree que tú la hiciste caer por las escaleras en medio de una discusión.
-¡Dios mío! -exclamó Trace con cara de horror-. Reconozco que aquella noche estábamos discutiendo pero se tropezó ella sola. Carole tiene que saberlo.
-¿Carole?
-Es una amiga de Ginny. Estaban muy unidas, incluso después de casarnos -y añadió con rabia-. Siempre he pensado que fue una mala influencia. Ojalá a Nick sí le hubiese gustado esa chica, quizá él hubiese podido evitar que se metiera en problemas.
«O sea, que así es como Carole encaja en la historia», pensó Miley.