martes, 10 de mayo de 2011

Venganza Capítulo 9

Nick reaccionó y entonces comentó que tenía que hacer un par de llamadas de trabajo y se fue al estudio, dejando a Miley sola para abrir los paquetes.
Antes, él le había dicho que sería mejor que se deshiciese de la ropa vieja que había llevado desde Inglaterra. Pero una innata cautela se lo impidió, y colgó sus nuevos vestidos junto a los antiguos en el armario.
A la mañana siguiente, aún no tenían noticias de Trace y Miley casi no podía ocultar su decepción. Después del desayuno, Nick anunció que iba a pasar por la oficina una hora o así.
-Han surgido un par de cosas de las que me tengo que ocupar personalmente y, ya que me voy a tomar dos semanas libres para la luna de miel...
Emocionada al comprobar que él iba a dedicarle aún más tiempo, Miley se puso de puntillas, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Era la primera vez que ella tomaba la iniciativa.
Al separarse notó que él había adoptado un gesto rígido, como si aquel inesperado beso le hubiera molestado. Pero un segundo más tarde aquella cara de máscara había desaparecido y ella incluso creyó que había sido un efecto óptico.
Al llegar a la puerta, Nick se volvió para decir:
-¿Tenías intención de salir hoy?
-No lo había pensado.
-No hace muy buen tiempo y tienes el resto de tu vida para conocer Nueva York. ¿Por qué no te quedas en casa y descansas un poco? Últimamente no has dormido mucho y... -añadió con una chispa de picardía en los ojos- las lunas de miel suelen ser agotadoras.
Miley ignoró el embarazoso comentario y dijo:
-Si consigues hablar con Trace...
-Le diré que lo deje todo y se suba en el primer avión que salga hacia aquí.
Cuando la puerta se cerró tras él, Miley tomó una revista y se sentó con las piernas extendidas en el sofá. Pero estaba inquieta y no se podía concentrar en lo que leía.
La señora Kirk no estaba. Debía de haber ido al centro de caridad, como todos los días. De improviso, sin saber por qué, el lujoso ático empezó a antojársele una prisión.
Miley vagó, nerviosa, por todo el apartamento. En su mente se agolpaban las ideas. Todo había sucedido tan rápido... Aún no le parecía verdad que el día siguiente fuese el de su boda, y sin embargo, así era.
No es que tuviera dudas acerca de casarse con él. Pero la sensación de que la habían empujado, de que la había metido prisa, persistía. Si hubiera accedido a esperar una o dos semanas más...
Trace había sido tan amable con ella, se había preocupado tanto, que no quería casarse sin que él estuviera allí. O, al menos, sin decírselo antes. Intentó animarse pensando que si lo localizaban esa misma mañana aún no sería demasiado tarde. Pero, en vista de los infructuosos intentos hechos hasta el momento, era una esperanza con pocas posibilidades de cumplirse.
Si a él se le ocurriese llamar... Aunque no sabía mucho del mundo de los negocios sí sabía que era extraño que alguien desapareciese tanto tiempo sin ponerse en contacto con su oficina...
¡Su oficina!
Miley se incorporó. Quien había intentado localizar a Trace era la secretaria de Nick pero quizá la secretaria propia de Trace, en Electrónica CMH, sabía algo más de él. O incluso puede que hubieran hablado por teléfono.
Se puso en pie de un salto. ¿Por qué no intentarlo? Estaba a punto de descolgar el teléfono cuando se detuvo. Puede que fuese mejor ir en persona. En taxi llegaría en diez minutos y, además, necesitaba salir a la calle un rato.
Ya estaba buscando una gabardina y un paraguas cuando cayó en la cuenta de que si salía de apartamento ya no podría volver a entrar. Quizá por eso Nick le había preguntado si pensaba salir, para dejarle una llave.
Se quedó sin saber qué hacer y, súbitamente, recordó que en el escritorio de Nick había visto una llave extra.
Entró en el estudio sintiéndose incómoda, como si no tuviese derecho a hacerlo. Pero sobre el escritorio, aparte del ordenador y el fax, no había nada.
Miley dudó. Quizá la había metido en un cajón. Sintiéndose aún peor, pero sin querer rendirse ya, abrió el de la derecha y allí estaba la llave.
Tuvo que recordarse a sí misma que en cuestión de dos días sería la señora de la casa antes de atreverse a tomarla. Al tiempo que lo hacía reparó en una foto con un marco plateado. Era de una chica de su edad, pero muy distinta a ella.
La rubia llevaba un vestido escotado y había algo abiertamente sexual en su cara. Llevaba los labios rojos y parecía una Marilyn Monroe joven. La foto estaba dedicada a Nick: «A mi querido Nick, con todo mi amor, Ginny».
Miley cerró el cajón y deseó no haber llegado a ver aquella fotografía. Pensar en las antiguas novias de Nick hacía que aumentasen sus dudas.
Pero tenía que olvidar el pasado. Ella era la mujer con quien Nick iba a casarse. Y, con aquella idea en la mente, salió del apartamento.
Poco después llegó al edificio en que estaban las oficinas de CMH y subió hasta el décimo piso. Se acercó a recepción, donde le indicaron que la oficina de Trace Cyrus estaba a la izquierda. En el antedespacho se encontró con una morena de pelo corto que la miraba desde el escritorio.
-¿Puedo ayudarla en algo? -le preguntó ésta inmediatamente.
-Verá, tengo que ponerme en contacto inmediatamente con el señor Cyrus y...
-Lo siento, pero está en viaje de negocios -le dijo la secretaria sin prestarle mucha atención.
-Sí, lo sé, pero...
-Si me dice de qué se trata -la interrumpió la secretaria con cierta impaciencia-, quizá la pueda poner en contacto con otra persona que pueda ayudarla.
-Es un asunto personal. Soy la hermana del señor Cyrus...
Tan concisamente como le fue posible le explicó todo a la secretaria.
-Quiero que asista a la boda y esperaba que usted supiese cómo puedo localizarlo.
Los oscuros ojos de la otra mujer se fijaron en el anillo de diamantes con evidente envidia.
-Lo siento, señorita Cyrus -dijo en un tono mucho más agradable-, pero no tengo idea de dónde está exactamente. La señora Luten, su secretaria personal, está hoy de baja y yo la estoy sustituyendo.
-Ah...
Al ver la decepción que Miley no pudo disimular, aquella mujer se volvió de pronto más humana.
-Sin embargo puedo intentar ponerme en contacto con la señora Luten. Si ella me dice dónde está el señor Cyrus yo la llamaré o enviaré un fax a usted. ¿Dónde se aloja usted?
-En el apartamento del señor Jonas.
-La avisaré tan pronto como me sea posible.
-Gracias -sonrió Miley.
Aquella sonrisa iluminó su cara, convirtiéndola en una verdadera belleza. La secretaria morena comprendió entonces, con un suspiro, por qué cualquier hombre se hubiese enamorado de ella.
Miley abandonó el edificio mucho más animada. Además había dejado de llover y el cielo se había despejado un poco.
Al echar un vistazo y ver que no había ningún taxi libre acercándose decidió volver a pie. Pero a medida que caminaba iba perdiendo el buen humor y notó que no tenía deseo alguno de volver al ático y encarar a Nick.Sin saber por qué, intuía que él no estaría de acuerdo con lo que había hecho.
Cuando llegó y entró dio un suspiro de alivio al ver que estaba vacío. Si volvía a dejar la llave en su sitio él no tenía por qué enterarse de que había salido.
¡Pero aquello era ridículo! Era ridículo ponerse nerviosa, como si hubiera hecho algo malo. Le iba a contar que había salido y para qué.
Aunque, si lo hacía, él sabría que había visto la foto de aquella chica en el cajón. Y podía pensar que había estado hurgando en sus cosas.
Pero tenía la conciencia tranquila, y eso cambiaría si le mentía y no le decía dónde había estado mientras él trabajaba.
Acababa de volver al salón y colgar la gabardina cuando oyó que la puerta principal se abría y entraba él.
Miley, aún en pie, se volvió y le dijo con una forzada naturalidad:
-¡Qué poco has tardado!
-Bueno, tengo planes para esta tarde y noche. He pensado que podíamos salir y quemar Nueva York, la última fiesta antes de... -se detuvo de repente, mirándola con atención-. ¿Qué ocurre?
-¿De qué? -preguntó ella.
Él se acercó y la agarró del brazo mientras observaba fijamente su cara.
-Estás nerviosa por algo. ¿Por qué?
Ella clavó la mirada en el nudo de la corbata, sin saber por dónde empezar.
Él la agitó levemente.
-Mírame.
Ella echó hacia atrás la cabeza y lo miró a la sombría cara con un nudo en la garganta.
-Dime, Miley.
Miley se encontró de improviso asustada. En un tono inseguro y ronco confesó:
-He ido a la oficina de Trace. Pensaba que quizá su secretaria supiera algo más de su paradero...
Los ojos de Nick se redujeron a dos rendijas verdes y le apretó el brazo con los dedos aún más.
-¿y?
-Está enferma. Se lo expliqué todo a otra mujer que me ha dicho que haría lo que pudiese... ¡Nick, me estás haciendo daño!
-Lo siento -repuso él aflojando la presión-. ¿Y qué más?
-Nada más, excepto que tomé la llave extra del cajón de tu escritorio. Lo siento... Espero que no te importe.
La tensión pareció ceder.
-Claro que no me importa.
-Recordé haberla visto encima del escritorio y...
-No tienes por qué disculparte. Debería haberte dado una llave yo mismo.
Miley respiró hondo.
-¿No estás enfadado?
-¿Por qué demonios iba a enfadarme contigo?
Pero sí se había enfadado. Ella quiso aclararlo todo y dijo:
-He pensado que a lo mejor creías que estaba bucando chismes...
-Es lo último que pensaría de ti.
-Y tampoco estaba segura de que quisieras que Trace viniese a la boda -reveló al fin-. Me he estado preguntando si no habrá habido algún problema entre ustedes dos...
-Qué chica tan rara eres -dijo él en tono de burla, añadiendo después-. Aunque encantadora.
Le dio un beso en la punta de la nariz antes de seguir.
-Y, hablando de nuestra boda: ya está todo listo. Nos casamos mañana a las diez y media en la iglesia de St. Saviour y, a menos que tu hermano llegue a tiempo, no va a haber más que un par de testigos.
-¿No tienes familia o amigos que vayan a asistir?
-No tengo familia cercana y demasiados amigos como para decidir quién sí y quien no. Además, cuanta menos gente lo sepa mejor: Si se entera la prensa, se tirarán en paracaídas sobre la iglesia con tal de hacer unas fotos.
-Ah... -exclamó ella comprendiendo al fin por qué se había enfadado.
Con una sonrisa que suavizó sus duras facciones, él le pasó un dedo por entre las cejas para borrar la arruga que había aparecido allí.
-No pongas esa cara de preocupación, no creo que tengamos ningún problema. Y ahora, ¿por qué no nos vamos a celebrarlo por todo lo alto?
Tras una divertida tarde en Coney Island fueron a bailar hasta la madrugada a un local de Manhattan. Nick bailaba pegado a ella, con la mejilla junto a su pelo, y todas las dudas de Miley se esfumaron. Nunca había sido tan feliz.
Más tarde, ante la puerta de su dormitorio, la besó con ternura y, con su cara entre las manos, susurró:
-Mañana serás mía.
Él estaba resistiéndose deliberadamente, reprimiendo su apetito y el de ella. Podía, y la llevaría, al paraíso al día siguiente...
Y de repente Nick tuvo la extraña sensación de que, aunque era muy distinta de las otras mujeres que había conocido, aquella dulce e inocente chica podía hacer lo mismo por él.
Pero sólo cuando ya fuese su mujer.
Sólo cuando hubiese alcanzado su objetivo…

Al día siguiente, Miley se despertó tarde y vio que los deslumbrantes rayos del sol ya se filtraban por la persiana. Mientras se ponía unos pantalones y una camiseta corta, algo cómodo hasta que llegase la hora de ir a la iglesia, pensó que daba buena suerte el que luciese el sol el día de la boda.
Y era feliz, aunque la euforia de la noche anterior había desaparecido, se dijo casi como convenciéndose a sí misma. Pero sería aún más feliz si Trace hubiera recibido el mensaje y pudiera llegar a tiempo.
Tras desayunar con calma, Nick sacó una caja plana y pequeña y se la entregó.
-Es un regalo de boda -dijo ante la cara de intriga de ella.
-¡Pero yo no tengo nada que darte!
-Ya me habrás hecho un regalo cuando estemos casados.
Pero lo había dicho con una expresión extraña en la cara y ella, en vez de emocionarse ante sus palabras, sintió un escalofrío.
Él lo advirtió y le preguntó rápidamente:
-¿Es que no vas a abrirlo?
Miley lo hizo y dio un gritito de alegría al ver sobre el terciopelo negro del interior un camafeo con una gruesa cadena de plata.
En el frente aparecían los perfiles de un hombre y una mujer besándose y, en el reverso, unas manos entrelazadas.
- No sé cómo darte las gracias. Es justo, es exactamente... ¿Dónde lo has encontrado?
-Lo mandé hacer. Es una copia de un colgante de petición de mano romano. Pensé que te gustaría.
-¡Y me gusta! -dijo con los ojos claros resplandeciéndole-. Es perfecto.
-Déjame ponértelo y luego me puedes dar las gracias con un beso.
Aunque era una joya hermosa y romántica resultaba pesada y fría, como una cadena de esclavo, en su delicado cuello. Miley apartó de su mente aquella comparación y se volvió para abrazar a Nick y besarle.
Las manos de él la tomaron de la cintura y la atrajeron hacia si y sus labios se abrieron ante los de ella. La pasión surgió como un relámpago entre los dos y el mundo se incendió y las llamas los envolvieron.
-Deberíamos ir a cambiarnos ya, si no queremos llegar tarde a la iglesia.
Cuando estuvieron listos para salir, Nick le confirmó a Miley que no había habido noticias de Trace y, aunque expresó su pena por ello, no resultó muy convincente.
La antigua iglesia, con su ornamentada fachada de piedra y su rechoncho campanario, estaba incongruentemente custodiada por un rascacielos a cada lado. El interior era oscuro y solemne y la luz que atravesaba las vidrieras dibujaba manchas de color sobre los bancos y la alfombra.
Miley estaba parada junto a los escalones. Llevaba el traje color marfil, y un ramo de flores de albaricoque en la mano. Estaba nerviosa e insegura.
A su lado, impresionantemente guapo con su traje color gris y un clavel blanco en el ojal, estaba Nick, tranquilo y manteniendo el control.
A pesar de que era un día tan soleado, el interior de la iglesia era frío y húmedo. Miley no supo si se debía a eso o a los nervios, pero estuvo temblando toda la ceremonia.
Aunque respondió a todo claramente y en voz alta, el acto le parecía tan irreal como una obra de teatro. Lo único de lo que estaba segura era de su amor por Nick. Era como un firme mástil en su interior, alrededor del cual flotaban como cintas las dudas y los temores.
Era evidente que Nick no tenía ningún tipo de duda.
Al terminar la ceremonia en su cara había un gesto de triunfo, una arrogante satisfacción. Aquel no era un hombre al que se hubiese arrastrado al matrimonio. Era un novio que sabía lo que hacía y había conseguido exactamente lo que quería.
Tras firmar los documentos le dio las gracias al párroco, le estrechó la mano a la pareja de ancianos que había accedido a ser los testigos y, rodeando a Miley por la cintura con el brazo, corrió hacia el taxi que les había llevado desde casa, al cual Nick había pedido que esperara hasta el final de la ceremonia.
En sorprendentemente poco tiempo estaban de vuelta en casa. Una vez más, para asombro de Miley, Nick le pidió al taxista que esperase allí.
Cuando subieron, la señora Kirk les estaba esperando con una botella de champán y una tarta. Al enterarse de que no se habían hecho ni una foto insistió en que posaran a la manera tradicional, cortando el pastel de bodas.
Mientras lo probaban y bebían una copa de champán, Nick miró el reloj y comentó:
-No tenemos mucho tiempo.
-Bueno, ya tienen las maletas preparadas -dijo con alegría el ama de llaves-, y he dejado fuera un traje para que se lo ponga la señora Jonas durante el viaje.
Miley casi no oyó el final de la frase. Oír que la llamaban señora Jonas había captado toda su atención.
 -¿Es que vamos a alguna parte? -le preguntó a Nick reaccionando al fin.
-¿No te había dicho lo de la luna de miel?
-Pero no me dijiste que nos fuésemos de viaje -y añadió con un leve desánimo que no comprendía-. ¿A dónde vamos?
-Es una sorpresa -dijo con una mirada pícara-. Tenemos que salir para el aeropuerto tan pronto como te hayas cambiado.
Poco después la señora Kirk les acompañaba hasta la puerta con su habitualmente adusta cara transformada en una enorme sonrisa y enseguida estuvieron de vuelta en el taxi, avanzando en dirección al aeropuerto. Allí les esperaba el avión privado de Nick, lo cual reforzó la impresión de riqueza y poder que Nick le transmitía a Miley.
Tras un despegue sin problemas uno de los tripulantes les sirvió sandwiches de salmón y más champán. Miley estuvo a punto de pellizcarse para asegurarse de que no estaba soñando.
-¿Ha ido todo demasiado rápido, cariño? -le preguntó Nick al ver la atónita expresión de sus grandes ojos.
-Me siento como Alicia en el País de las Maravillas -reconoció ella.
-Pobrecita -bromeó él-. No te preocupes, cuando lleguemos a Cayo Jacob vas a tener mucho tiempo para descansar y asimilarlo todo.
-¿Qué es Cayo Jacob?
-La palabra «cayo», quiere decir isla pequeña. Y está en la costa de Florida.
-¡Vaya...!
Él le acarició la mejilla con el dorso de la mano antes de introducirla bajo su espesa cabellera castaña y detenerse en su tibia nuca.
-Y el Castillo de Jacob es ideal para una luna de miel -añadió bajando la voz.
Era un nombre muy raro para un hotel, pensó ella.
-¿Es que ya lo conoces? -le preguntó a Nick.
-Sí. Hay justo lo que vamos a necesitar: intimidad, una cómoda cama de matrimonio y ninguna distracción.
A ella se le hizo un nudo en el estómago y se le pusieron los nervios de punta.
-¿Cómo es la isla? -le dijo logrando mantener de alguna manera la voz calmada.
Y él se la describió durante los siguientes minutos, hasta que llegaron a Miami y dejaron el avión para proseguir el viaje en helicóptero. Fue la primera vez que Miley viajaba en ese aparato y, aunque ruidoso, le pareció emocionante.
Al mirar hacia abajo vio unas herbosas praderas y marismas que supuso que eran los Everglades y, mar adentro, no lejos de la costa, innumerables islitas que parecían ópalos engarzados en el mar color lapislázuli.
Había barcos de todo tipo navegando entre ellas y más adelante se veían ya las islas principales, Cayo Largo y Cayo Oeste.
-¿Ves los puentes? -le dijo Nick al tiempo que se acercaba a ella para indicarle por la ventanilla dónde estaban-. Hay cuarenta y dos a lo largo de la autopista de la costa, para conectarla con las islas habitadas.
Y, arropado por el ruido, continuó:
-¿Pero a quién le importa todo eso? Lo que de verdad llevo pensando todo el día es en esta noche... en sentir tu cuerpo desnudo debajo del mío... en escuchar tus gemidos y suspiros cuando te haga el amor de todas las formas posibles... En descubrir qué te da más placer y en enseñarte qué me da placer a mí... y en dormir con la cabeza junto a tu pecho...
Para espanto de Miley la cara se le comenzó a enrojecer. Escuchó la suave y satisfecha risa de Nick y le lanzó una mirada suplicante antes de girarse, con las mejillas encendidas, para mirar por la ventana con desesperación.
Cuando empezó a hablar de nuevo ella, sintió el impulso de taparse los oídos. Pero él sólo estaba señalando y diciéndole:
-Ahí está Cayo Jacob, a la derecha. Aterrizaremos en un minuto.

sábado, 7 de mayo de 2011

Venganza Capítulo 8

Una desbordada emoción afloró a sus ojos pero, antes de que ella pudiese descifrarla, fue sustituida por una satisfacción más calmada.
Él soltó su barbilla y le tomó la mano izquierda. La volvió y le besó el interior de la muñeca, justo donde le latía el pulso.
Después sacó del bolsillo una cajita de ante color marfil y la abrió con el pulgar. Un instante después le deslizó en el dedo anular un anillo de diamantes. Le quedaba perfecto.
Él, al ver su cara, le dijo:
-Si no te gusta puedo cambiarlo.
-Sí, sí me gusta -dijo ella a media voz-. Es absolutamente precioso... -¿Pero?
Ella, desorientada ante su habilidad para leerla el pensamiento, balbuceó:
-Sólo... pensaba que debe de ser... debe de haberte costado mucho.
Él mostró su blanca dentadura en una deslumbrante sonrisa.
-No te preocupes, no me he arruinado.
-Bueno, pero tengo la impresión de que voy a necesitar un guardaespaldas para llevarlo.
-Está asegurado -comentó él sin darle más importancia.
-Me alegro de saberlo -le aseguró ella con vehemencia.
La vista de Nick se dirigió entonces hacia algo que estaba tras ella y su expresión cambió.
-Vámonos, ¿quieres? -dijo.
Justo cuando se levantaban para salir se acercó a ellos un hombre calvo y con barriga, con la mano tendida.
-Señor Jonas... He estado intentando verle, pero en su oficina me han dicho que no estaba disponible. Nick le estrechó la mano mientras el otro seguía hablando:
-Me puse en contacto con su cuñado hace una semana o así y...
Miley advirtió que Nick se ponía rígido.
-Si me perdona -interrumpió Nick al otro hombre en un tono glacial-, estábamos a punto de irnos...
Y tras esto tomó a Miley por la cintura y la guió hacia la puerta.
-Siento lo que ha ocurrido -le dijo una vez en el ascensor-, pero tengo la norma de no hablar nunca de negocios cuando estoy fuera de la oficina.
A Miley le había parecido algo más que la decisión de no hablar de trabajo. Había habido una brusquedad en su prisa, una desesperación por marcharse que le había dejado mal sabor de boca.
Quizá él lo notó porque, más tarde, en el taxi, él le acarició el cuello de un modo que logró borrar la escena de la mente de Miley.
Al entrar en el apartamento, él sugirió:
-¿Tomamos algo en la terraza?
Y, sin esperar respuesta, hizo abrirse los paneles de cristal para dejar entrar el aterciopelado aire de la noche y continuó hablando:
-Creo que lo más adecuado es champán: esto es una celebración.
Mientras él iba a por las copas y una botella fría de Dom Pérignon, ella salió y se sentó en el columpio del jardín.
Sintió que la emoción que había sentido antes renacía y se preguntó si él tendría intención de hacer el amor ahora que ya llevaba su anillo. Cuando apareció y le pasó una de las copas, sin embargo, sus maneras eran más las de un negociante que las de un amante.
Se sentó junto a ella y dijo sin más preámbulos:
-Quiero que nos casemos lo antes posible. Hay que hacer todos los trámites y además tienes que comprarte ropa o sea que, digamos... ¿En tres días?
Miley se atragantó con el champán.
-¿Tres días? -exclamó-. ¿Por qué tan pronto?
-¿Por qué crees tú? -le preguntó con un brillo en los verdes ojos.
-Aún no... -empezó a decir ella sonrojándose.
-Ninguno de los dos tiene otros lazos -la interrumpió él-, es decir, que no veo ninguna razón para esperar. De hecho no estoy seguro de cuánto tiempo puedo esperar y, para sorpresa del mundo, me gustaría casarme con una virgen. La virginidad es un bien escaso estos días -añadió con ironía-. ¿Tú eres virgen, verdad? -dijo entonces de pronto.
Ella se sonrojó aún más de lo habitual y asintió con la cabeza.
-Pues si quieres ir virgen al matrimonio más vale que nos casemos pronto. No soy famoso por mi paciencia precisamente...
Ella ya lo conocía lo suficiente para saber que eso no era verdad. Nick tenía un autocontrol poco usual y era capaz de ser tan paciente como un ave rapaz observando a su presa... De repente, Miley sintió un escalofrío. ¿Por qué le habría venido a la cabeza aquella comparación? Trató de no pensarlo y dijo con calma:
-Me gustaría esperar a que volviese Trace. Es la única familia que tengo.
-No tiene fecha fija de vuelta. Puede que tarde muchas semanas -objetó Nick.
-Sí, pero tú podrías hacerle volver, ¿no?
-Nuestros negocios en aquella zona no se limitan a Hong Kong y gran parte del trabajo consiste en aprovechar las oportunidades según surgen. Tendrá que moverse bastante de un sitio a otro...
Miley se negó a ceder.
-No quiero casarme hasta que vuelva Trace. Al ver su decisión, Nick dijo simplemente:
-Muy bien, haré todo lo posible.
-Gracias -sonrió ella, aliviada.
-Entonces, ¿te casarás conmigo dentro de tres días? El corazón empezó a latirle como si hubiese corrido un kilómetro y tragó saliva.
-Sí -susurró al fin.
Al pronunciar aquella palabra un escalofrío le recorrió la espalda, y no supo si fue por la brisa de la noche o por la decisión que había tomado.
Nick se relajó y Miley lo oyó suspirar de alivio. Con un elegante movimiento dejó las dos copas y, cambiando de postura, hizo inclinarse hacia atrás a Miley hasta que estuvo medio tumbada, con la cabeza en el brazo del asiento.
Lo miró a la cara. Era una cara de facciones demasiado duras para llamarla hermosa, pero daba una impresión de virilidad extraordinaria. Una impresión que le debía mucho a la forma de los ojos y a la estructura ósea.
Nick se inclinó más sobre ella y cubrió su boca con la suya. En cuestión de segundos la calidez de su beso había borrado todo rastro del frío que había sentido antes, y poco a poco una encendida excitación iba ocupando su lugar.
La besó hasta que ella perdió la noción de dónde estaba, hasta que no fue consciente de nada más que el sabor de la boca de Nick explorando la suya, el contacto de sus manos recorriendo su cuerpo y el embriagador aroma masculino de su piel.
Aún en aquel torbellino de sensaciones advirtió y se sorprendió del ansia de Nick. Un ansia que, parecía, casi no podía controlar.
Era como si le estuviese dando pruebas de que, realmente, no podría esperar mucho más.
Cuando él al fin alzó la cabeza en su cara se reflejaba la pasión tanto como en la de ella. Sus largos dedos apartaron un mechón de pelo de la mejilla de Miley y dijo entrecortadamente:
-Es hora de parar, ahora que aún puedo.
Tras decirlo se puso en pie y ayudó a levantarse a Miley.
Ella se tambaleó un poco, como si estuviera borracha, y él le pasó un brazo por la cintura para acompañarla hasta el dormitorio. Ella abrió la puerta con el corazón en un puño pero, aunque él debía de saber que había encendido su pasión, no hizo ningún gesto de seguirla al interior de la habitación.
Ella se volvió, casi dispuesta a pedírselo, y vio en su rostro un gesto de absoluto control.
-Nick... -susurró.
Él negó con la cabeza y, con una malévola sonrisa, le dijo:
-Buenas noches, Miley.
Y se alejó.
Debía de ser verdad que quería que se casara virgen. A la mañana siguiente, cuando subían de la piscina, Miley le recordó la promesa que había hecho de ponerse en contacto con Trace.
Nick, con el ceño un tanto fruncido, dijo solamente:
-Voy a la oficina en cuanto me duche y me cambie. Quince minutos más tarde apareció inmaculadamente vestido con un traje gris perla y se unió a Miley en la cocina.
La señora Kirk no estaba por ninguna parte. Rechazó las tostadas que Miley le ofrecía y tomó un café sin siquiera sentarse.
-Hoy tenemos mucho que hacer. Vendré a buscarte tan pronto como pueda... Y no te olvides de ponerte el anillo. Me gusta vértelo puesto.
Y tras darle un beso en los labios se fue.
Tras más de una semana de tener su constante compañía le parecía raro y triste estar desayunando sola y, aunque se llamó tonta por ello, Miley notó que le echaba de menos.
Estaba sentada en el salón mirando un periódico cuando él volvió a entrar. Ella lo miró con ilusión.
En un tono inexpresivo, él la informó:
-No ha habido suerte con lo de Trace, pero mi secretaria va a seguir intentando localizarlo y, si lo consigue, nos enviará un fax. ¿Estás lista para salir? Ponte algo de abrigo...
Tenía razón: el tiempo había cambiado radicalmente y el día era frío y gris.
Tan pronto como hubieron iniciado los trámites para la boda, Nick la llevó a una de las mejores tiendas de la ciudad. En la sección de novias, Miley miraba los preciosos vestidos y le sonreía con los ojos brillantes.
Con una breve expresión de algo que podía ser pena por meterla prisa para elegir, Nick le preguntó:
-¿Quieres un vestido de novia tradicional?
-Creo que en estas circunstancias uno sencillo será más conveniente.
Tras elegir uno de dos piezas color marfil de seda, él insistió en comprarle un guardarropa que incluía delicadísima ropa interior, camisones y vestidos de alta costura.
Ella descubrió enseguida que, a diferencia de la mayoría de los hombres, sí le gustaba ir de compras. Tenía mucha paciencia, un gusto excelente e ideas muy claras sobre qué le gustaba que Miley se pusiera. Le gustaban las líneas sencillas y elegantes y las combinaciones de colores sutiles.
Miley, que no estaba acostumbrada a aquellos lujos, empezó a protestar. Pero él le repitió que, como esposa suya, tendría que ir bien vestida.
-Por lo que a mí respecta, te encontraría igual de preciosa si fueras vestida de tela de saco. Pero mi reputación de buen marido peligraría si lo hicieras -añadió con buen humor.
Una vez añadido el calzado a la lista, él pidió que se lo enviasen todo al apartamento y le preguntó a ella:
-¿Quieres algo más?
-Sí -respondió Miley sin dudarlo.
-¿Qué? ¿Joyas o pieles? -dijo él alzando las cejas.
-Una taza de té.
-Te invito a dos.
-Mejor aún.
Cuando llegaron a casa por la tarde las cajas ya estaban allí, al igual que la señora Kirk.
Con la censura emanando de cada poro de su piel se acercó a Nick:
-Veo que fueron de compras -comentó mirándolo fijamente.
Evidentemente, la dama pensaba que Miley era una chica inocente, y no del tipo de mujer al que se le compra ropa para comprarla a ella.
-Sí: por una razón muy especial -le contestó él con calma.
-¿Y cuál es esa razón tan especial?
-Que Miley necesita renovar el guardarropa. Nos vamos a casar pasado mañana, o sea que borre ese gesto de desaprobación de su cara.
-¡Casarse! -exclamó el ama de llaves añadiendo a continuación en un tono más seco-. Bueno, por fin te las has arreglado para encontrar una buena chica en vez de esas mujeres de mundo tan estiradas. Me alegro de que hayas tenido el sentido común de no dejarla escapar.
Y con una mirada de aprobación a Miley se alejó.
Durante un segundo, Nick se quedó atónito, confuso. Como si las palabras de la señora Kirk hubieran dado justo en la diana sin que él lo hubiera esperado. Y era normal… aquella era todo menos una boda real.

viernes, 6 de mayo de 2011

Venganza Capítulo 7

Pero mientras su corazón gritaba que sí su cerebro decía que no, que era demasiado pronto para comprometerse. Puede que estuviera enamorada de él, pero no lo conocía apenas.
Y el divorcio de sus padres le había hecho jurar que jamás se casaría precipitadamente.
-No puedo contestarte ahora mismo -dijo Miley lentamente.
El percibió la desorientación en los ojos de ella y admitió con un suspiro:
-Yo no quería decírtelo tan pronto, quería que tuvieras tiempo de conocerme pero... -y añadió con un gesto de disgusto en los labios-. Bueno, ya que he dado el salto me muero de ganas de dejarlo todo claro.
Ella negó con la cabeza.
-Necesito pensármelo.
Él reprimió su impaciencia y dijo inexpresivamente:
-Muy bien, tienes una semana.
A ella se le iluminó la cara y él pensó, no por primera vez, que tenía una sonrisa encantadora.
-Y ahora, ¿por qué no seguimos con nuestras visitas turísticas? -dijo él en un tono más desenvuelto al tiempo que se ponía en pie para ayudarla a levantarse-. Sabes -añadió ya en el fresco salón-, vamos a empezar con un verdadero lujo: te invito a desayunar en un McDonalds.
-Ah, muchas gracias...
-No seas tan graciosa, anda -le dijo él dándole una palmadita en el trasero.

El tiempo se mantuvo estupendo y durante los días siguientes la vida de Miley fue más emocionante y agitada de lo que nunca hubiera imaginado. Nick apenas se separaba de ella y fueron a todas partes e hicieron todo lo que se podía hacer mientras exploraban las distintas facetas de esa joya que era Nueva York.
Cuando ella le expresó su preocupación por hacerle faltar al trabajo, él le quitó importancia diciendo:
-Bah, no he tenido vacaciones de verdad en los dos últimos años. Además, para algo soy el jefe, ¿no?
Varias veces llegaron al apartamento a las tantas de la madrugada, tras cenar y bailar hasta muy tarde.
Él le compraba flores cada tarde, o bombones o, con cuidado para no herir su orgullo, algún recuerdo que no costase mucho de manera que a ella no le importase aceptarlo. Ella se dio cuenta de que estaba cortejándola, dispuesto a ganar su corazón. Sin saber que ya era suyo, pensó Miley  irónicamente.
Desde los dieciséis años se había resistido a los pretendientes que intentaban manosearla sin tacto alguno. Sólo Liam se había acercado a su ideal de hombre e incluso en ese caso había logrado resistirse a sus intentos de seducción. No por seguir un estricto código moral, comprendió ahora, sino porque nunca se había sentido realmente tentada.
Prefería esperar al hombre adecuado para perder la virginidad.
Sin embargo con Nick se sentía vulnerable. Era irresistible y cada vez que la miraba o la tocaba ella se deshacía de deseo. Y los días pasaron y sus sentimientos se hicieron más profundos, hasta que estuvo completamente enamorada de él.
Cada noche cuando la acompañaba hasta la puerta del dormitorio, Miley deseaba secretamente que la tomase en sus brazos e hiciesen el amor hasta que todas sus dudas se esfumaran. Pero en vez de eso, él la besaba hasta que ella se mareaba y entonces, con una neutral despedida, le daba las buenas noches.
En una de aquellas ocasiones, cuando su boca y sus inquietas manos habían engendrado en Miley un ansia que no iba a satisfacer, ella se abrazó más fuerte a él, consciente tan sólo del deseo que había despertado en su interior.
Él la apartó suave pero firmemente y le dijo:
-Buenas noche, Miley. Que duermas bien -y añadió entonces con mal disimulada ironía-. Si no puedes dormir hay muchos libros en el estudio. Lee un rato.
«¡Maldita sea!», pensó ella una vez en su habitación. «Sabe lo que está haciendo y lo hace a propósito». De ahora en adelante sería ella quien lo mantendría a raya a él.
¡Ni en sueños! La verdad era que no tenía ninguna esperanza de poder resistirse a su potente magnetismo.
Tomó la determinación de dejar de pensar en él y se metió en la cama. Pero el sueño se negaba a llegar y, tras dar muchas vueltas entre las sábanas, decidió aceptar su irónica sugerencia.
En el estudio había una ecléctica mezcla de libros: viajes, biografías, lenguaje, arquitectura, clásicos de la literatura y literatura contemporánea se amontonaban en las estanterías.
Tras acercarse a tomar uno, al pasar junto al escritorio, rozó e hizo caer una pila de papeles que estaban en la esquina.
Protestando a media voz por su torpeza se agachó a recogerlos y al tomar un sobre grande este se abrió y dejó caer su contenido. Eran fotos de una mujer. Miley se quedó helada. Aunque las miraba boca abajo no cabía duda de que era ella.
Con las manos temblando las tomó y las dio la vuelta para mirarlas bien. ¿Cuándo las habría hecho? ¿Y por qué?
Reparó en que en las fotos llevaba una blusa de lunares que no se había puesto desde que llegó a Nueva York. O sea, que tenían que haberlas hecho mientras aún estaba en Inglaterra. Sí, aunque el fondo estaba borroso parecía la oficina de correos de Houghton. Ya sólo quedaba saber por qué. Y la pregunta más intrigante: ¿qué hacía Nick con ellas?
Todavía estaba como en trance, mirándolas, cuando la voz de él preguntó a sus espaldas:
-¿Algún problema?
El sobresalto le hizo dejar caer las fotografías e incorporarse de un salto. Tenía el corazón acelerado y le sudaban las manos. Era como una niña a la que hubiesen descubierto haciendo una travesura.
Se volvió a mirarlo: parecía ocupar todo el hueco de la puerta, grande y amenazador.
Ella logró articular palabra para defenderse:
-He venido a por un libro... y he tirado unos papeles de la mesa sin querer.
Los ojos de él se fijaron en las fotografías y, durante una décima de segundo, en su cara apareció un gesto de furia. Lo enmascaró rápidamente y dijo un tanto sombríamente:
-Ya, ya veo. Eso debe de haber sido el ruido que he oído. Bueno, si ya tienes el libro deja lo demás así y yo lo recogeré mañana.
Antes de que ella pudiese reaccionar, él ya la guiaba con una mano en la cintura de vuelta al dormitorio.
Al llegar a la puerta se volvió y dijo entre dientes:
-Quiero que me des una explicación: esas fotos...
-Te la daré mañana.
-Pero...
-¿Sabes qué hora es? -dijo él un tanto bruscamente-. A mí al menos me gustaría dormir un poco.
Ella tuvo que conformarse, aunque con la sospecha de que Nick sólo intentaba ganar tiempo.
El alba ya se colaba por entre la persiana cuando al fin logró dormirse.

El ruido de alguien que llamaba con decisión a la puerta la despertó. Una soñolienta mirada al reloj le dijo que eran casi las nueve.
Acababa de incorporarse sobre un codo cuando la puerta se abrió y entró Nick con un vaso de zumo de naranja. Nunca había entrado antes en su dormitorio y Miley se quedó perpleja.
Llevaba unos pantalones color arena y una camisa verde oscuro y tenía aspecto de estar bien despierto y alerta. Se acercó a la ventana, subió la persiana y dejó el vaso en la mesilla.
Ella apenas había conseguido sentarse en la cama y se sintió en franca desventaja, medio dormida y desarreglada.
Él la besó en los labios y el cuello y, apartándose, comentó:
-No hay muchas mujeres que tengan tan buen aspecto y tan buen sabor recién levantadas.
Miley intuyó algo falso en aquel cumplido y dijo secamente.
-Supongo que tienes con quien comparar.
-¡Bruja! -dijo Nick aunque sonreía, mostrando la blanquísima dentadura-. Venga, tómate el zumo mientras yo me disculpo por lo de anoche. Tienes que entender que las tres y media de la madrugada no es momento para ponerse a hablar.
Ella no contestó nada y él añadió:
-¿Qué es exactamente lo que quieres saber?
-Quién ha hecho esas fotos y por qué. Y cómo han llegado a tus manos.
Él empezó por la última pregunta.
-Me las dio tu hermano y, al entender que te las habían hecho sin permiso, no quise decirte nada para no disgustarte.
Miley estaba a punto de hablar pero él se le adelantó:
-Lo cual nos lleva al porqué. Trace no te había visto desde que eras casi un bebé. Cualquiera podría haberse presentado aquí diciendo que eras tú...
Ella empezó a negar con la cabeza, incrédula, y él continuó:
-En los ambientes de que te hablo no es demasiado difícil hacerse con un pasaporte falso.
-No entiendo por qué alguien iba a querer pasarse por mí -objetó ella.
-Mi niña inocente... -dijo él con más acento del sur de lo habitual-. Hay dinero en juego.
Es decir, que por eso la primera noche la había sometido a aquella especie de interrogatorio.
El seguía hablando:
-Como tu padre no te dejó nada en su testamento, Trace, que es un hombre bastante adinerado, pensaba cederte una suma de dinero además de buscarte una casa y un empleo.
-Ah... -murmuró ella.
-Con esa idea en mente contrató a una agencia de detectives para que te identificasen. Cuando comprobaron tu identidad hicieron esas fotos y las enviaron a modo de garantía. ¿Estás satisfecha?
La explicación era lo suficientemente lógica. Pero, ¿cómo no iba a serlo?, pensó Miley con sarcasmo. Había tenido mucho tiempo para inventarse toda la historia. ¿Y qué otra explicación podía haber?
Cuando ella asintió, Nick se puso en pie sonriendo.
-Entonces en cuanto estés lista salimos. Hoy vamos a tomar el ferry para ir a la Estatua de la Libertad.

Nick era un acompañante animado y estimulante y, durante las horas que pasaron juntos, Miley descubrió muchos aspectos de su carácter que se ocultaban bajo su imagen de macho. Su opinión se confirmó cuando, charlando con la señora Kirk, ésta le comentó a Miley que Nick hacía donaciones al comedor de caridad en que ella trabajaba como voluntaria, además de a un hospital para enfermos terminales y un centro de acogida de animales.
Cuando Miley se refirió a las confidencias de la señora Kirk, él dijo secamente:
-No creas que soy un santo. Me lo puedo permitir.
No, no era un hombre avaro. Ni tampoco snob. Aunque el guardarropa de Miley era simple y escaso, Nick la llevó sin pestañear a sitios donde las mujeres iban vestidas con lo más caro.
En uno de esos restaurantes, en el piso ciento siete de un edificio con vistas a la costa de Jersey, volvieron a encontrarse con Carole. La seguía un rubio alto con una agradable expresión y, al verlos, se paró ante su mesa mirando a Miley con resentimiento y a Nick con adoración.
-Nicky, cariño... ¿Te llegó mi invitación? -le dijo con una deslumbrante sonrisa.
-Sí, claro -dijo él al tiempo que se ponía en pie con una expresión neutral en la cara-. Escucha, tengo que subsanar un error -dijo volviéndose hacia Miley-. Miley, esta es Carole.
-¿Cómo estás? -sonrió Miley.
-Hola -murmuró una celosa Carole.
-¿No nos vas a presentar a tu amigo? -sugirió Nick en un tono animado.
Ella hizo caso de su sugerencia, aunque con desgana, y les presentó a Paul, que les estrechó la mano con la fuerza de un tarzán. Miley advirtió que no parecía importarle la actitud de Carole.
Ésta decidió olvidarse de los otros dos y seguir con el tema que le interesaba:
-Entonces, ¿vas a venir?
-Si la invitación incluye a un acompañante, sí. Me gustaría llevar a Miley.
En la cara de Carole se reflejó el desánimo y, con un suspiro de resignación y una falta de entusiasmo obvia, repuso:
-Por supuesto.
-Pues venga, vamos, cariño -dijo entonces Paul y, tras despedirse, se llevó a Carole.
Una vez más Miley sintió compasión por aquella chica que estaba locamente enamorada de un hombre al que no le importaba ni ella ni ninguna otra mujer.
No, no era verdad, se recordó a sí misma. Nick le había dicho que estaba enamorado de ella, le había pedido que se casara con él. Pero, aun así, ella no terminaba de creerlo. Aquella repentina petición de matrimonio había adquirido un halo de irrealidad que no conseguía borrar.

A medida que pasaba el tiempo, la primera impresión de Nick que Miley había tenido, la de un hombre con carisma y atractivo sexual, se iba reforzando en vez de disminuir. Pero al tiempo comenzó a admirar también su intelecto. Era inteligente e intuitivo, lo cual debía de haber ayudado a convertirlo en uno de los hombres de negocios más conocidos del país.
Además siempre parecía adivinar lo que ella pensaba y sentía: sus mentes conectaban bien y a menudo coincidían en la forma de ver las cosas, llegaban a las mismas conclusiones y se reían de lo mismo.
Y, a pesar de todo, había una parte de su personalidad que él mantenía oculta y Miley tenía la impresión de que lo que sabía de él era lo que él quería que supiera.
Y sus reacciones al oír hablar de Trace la intrigaban. Nick siempre le respondía con frases breves y luego cambiaba de tema enseguida. Miley no pudo evitar preguntarse qué habría ocurrido entre los dos para que Nick adoptase aquella expresión tan fría en cuanto pronunciaban el nombre de Trace.
La única explicación con sentido era su rivalidad en los negocios, pero Miley hubiera dicho que Trace no era tan poderoso como para hacerle sombra a Nick.
Miley sabía que Nick no iba a contarle nada y prefirió esperar a que Trace volviese para preguntárselo a él.
No fue hasta el viernes cuando, a pesar de la insistencia de Miley, Nick la llevó a ver dónde vivía Trace. Y, en cualquier caso, no fue más que de pasada en el coche.
Aquella noche la llevó a tomar un cóctel y después a cenar a un sitio tranquilo. Ella, al ver lo elegante que él estaba con el esmóquin y la pajarita, deseó por primera vez tener algún vestido más bonito que ponerse.
-¿Qué te pasa? -le preguntó él al advertir su cara de descontento.
-Nada, sólo estaba pensando en que me gustaría tener algo mejor que ponerme.
Él le dio un corto y reconfortante abrazo.
-Estás preciosa con éste. Estoy seguro de que cualquier hombre de los que están aquí me tiene envidia.
Desde el lujoso restaurante del piso sesenta y seis del Rockefeller Centre el panorama era maravilloso. Manhattan se extendía a sus pies, cubierto de rascacielos que competían por ser el más alto o el más importante. El cielo se iba oscureciendo poco a poco y miles de luces se encendían y brillaban como las estrellas.
Miley dejó la taza de café en la mesa y comentó:
-Es una vista que corta la respiración. Me encanta mirar hacia abajo y verla, aunque nunca pensé que me gustaría estar tan alto.
-A mí también me encanta -repuso él sonriendo-. Por eso elegí un ático para vivir. Supongo que tiene que ver con proceder de una ciudad pequeña.
Miley esperó a que terminase el trámite de pagar la cuenta y a que el camarero se hubiese ido.
-¿No naciste en Nueva York?
-No, vengo de Texas.
Por eso tenía aquel fascinante acento, comprendió ella.
-Aunque mi padre tenía los negocios en NY mi madre, no quería vivir allí, o sea que me crié en Dallas. Me establecí en Nueva York al volver de Inglaterra y ahora no me veo viviendo en ningún otro sitio. A pesar de todos sus defectos es una ciudad animada y viva. Acaba por atraparte.
-No me cabe la menor duda -comentó Miley-. A mí ya me ha atrapado.
-¿Entonces te gustaría vivir aquí... -dijo añadiendo tras una pausa-. Cuando seas mi mujer?
El corazón de Miley se detuvo un instante y luego se aceleró. El plazo había terminado y aún no había tomado ninguna decisión.
Sí quería casarse con él, pero aparte de sus lógicas reservas tenía una vaga sensación de intranquilidad, una especie de premonición de que algo iba mal.
Tratando inconscientemente de ganar tiempo le dijo:
-El matrimonio es un paso muy importante.
Él permaneció en silencio, con una expresión en su cara imposible de desentrañar.
Ella, confusa, sugirió en voz baja:
-Supongamos que en vez de casarnos... Imagínate que acepto acostarme contigo.
Los ojos de Nick se volvieron fríos como un glaciar.
-Creía que habías dicho que no estabas dispuesta a tener una aventura.
-He cambiado de idea.
-Pues yo no. Te he dicho que me quiero casar contigo y eso es lo que quiero. O boda o nada. Ya te he dado bastante tiempo para pensarlo -le dijo con los ojos clavados en sus pupilas-. Decídete ya, Miley, porque no te lo voy a pedir más veces.
Era pura y simplemente, un ultimátum.
Ella logró apartar la mirada y observó la sala, con su bonita decoración art decó y toda aquella gente rica y famosa. Los camareros se movían con gracia entre las mesas y el olor a café y perfume francés inundaba el ambiente mientras el apagado rumor de las conversaciones se fundía con el ruido de los corchos de las botellas al saltar.
Pero Miley tenía los sentidos cerrados a todo aquello, inmersa en sus pensamientos. ¿Por qué tenía tanto miedo? ¿De qué? ¿De que aún no lo conocía bien? O quizá de que no podía salir bien porque procedían de mundos distintos. Aunque, ¿quién podía garantizar que cualquier matrimonio fuese a salir bien? La vida era un juego de azar.
Dejando de lado todos los temores y las dudas se agarró a lo único de lo que estaba segura: no quería vivir sin él. Quería tomar la vida y el amor con las dos manos y elevarse hacia el cielo. Y si, al igual que Icaro, caía al fin siempre sería mejor que no haber volado nunca.
Nick se inclinó hacia adelante y la tomó por la barbilla, acercándole la cara a la suya. Ella notó el contacto sólido y tibio de sus dedos en la mandíbula.
-Bien, Miley...
Ella tomó aliento y dijo con firmeza.
-Sí, me casaré contigo.